Monedas de Discordia

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Monedas de Discordia

Mensaje por Katiana9 el Lun Sep 03, 2012 5:40 pm

Y he aquí una de mis historias largas. Iré subiendo los capítulos (si gustan) a medida que los vaya escribiendo.


Prólogo:
El suelo se abrió bajo el joven pelirrojo y sólo la horrorizada muchacha rubia quedó en la sala.
– ¡Felicidades, preciosa! ¡Has ganado! – exclama una voz por los altavoces.
– ¿Fe-felicidades? ¡¿Felicidades?! ¡Katleen, Jake, Marianne y todos los demás..!
Han perdido. No se merecían el primer puesto. Pero tú has ganado, ¡disfrútalo!
– ¿Que lo disfrute? ¡Eran mis amigos!
– Dios... pero que sentimental eres, Pam –
en esta ocasión, la voz procedía de alguien que acababa de acercarse silenciosamente a ella. Pam se giró rápidamente y al reconocer a aquella persona, abrió los ojos como platos.
– ¡Tú! ¡¿Tú has organizado todo ésto?!
– Por supuesto – contestó la mujer sonriendo, con la misma sonrisa que anteriormente Pam había calificado de dulce y amable –. Y ahora acompáñame para que te entregue tu premio.
– ¡Ni de broma! ¡No pienso aceptar algo que he ganado así! ¡En cuanto salga de aquí denunciaré esto y te denunciaré a ti!
– No, pequeña, no lo harás. Hay un pequeño detalle que no te habíamos contado. Tu premio no es solo algo material, también te concederemos el honor de olvidar todo esto. No hacemos esto con todos los ganadores, pero teniendo en cuenta tu sentimentalismo e impulsividad, creo que será lo mejor. Considera lo un regalito. Y en cuanto a lo de no aceptar ni de broma... –
chasqueó los dedos y dos enormes hombres vestidos de negro salieron de una esquina y sujetaron a la joven – me temo que no tienes elección. Hay que seguir las reglas del juego.
Perdida ya toda esperanza de solucionar aquel embrollo, Pam dejó que los gruesos lagrimones que había tratado de contener cayesen por sus mejillas.
– ¿Por qué? – se limitó a preguntar, clavando su vidriosa mirada en lo ojos de aquella mujer.
Ésta sonrió y se giró hacia una de las cámaras de seguridad:
– Anota lo todo ya, y luego guarda el expediente de esta quinta partida de Coins of Discord. Ya ha terminado. En cuanto a tu pregunta, pequeña, – añadió, volviéndose de nuevo hacia Pam – la respuesta es que me aburría demasiado.

Capítulo 1 - Empieza el juego:
Melannie Ferras sonrió al ver a su mejor amiga entrar en el aula y corrió a abalanzarse sobre ella, alejando la misteriosa carta de su mente por unos instantes:

– ¡Lizzy! ¡Cuánto tiempo! Te he echado de menos muchísimo.
– ¡Y yo a ti, Melan! ¡Eras el único motivo por el que quería volver al insti!


Después de abrazarse con fuerza, las muchachas se separaron y Melannie observó a su amiga. Había conocido a Lizzy, cuyo verdadero nombre era Elizabeth Lair, cuando ambas tenían siete años, y desde entonces eran inseparables. Siempre habían confiado la una en la otra para todo, nunca habían tenido secretos, pero pese a todo... la carta decía que no debía contárselo a nadie... pero Lizzy era Lizzy, ¿qué podía pasar? Así que llevó a su amiga a una esquina apartada, cogió aire y murmuró:

– Lizzy, tengo algo muy importante que decirte...
– Vaya casualidad, yo también quería contarte una cosa... pero tu primero
– Verás... he recibido una carta esta mañana invitándome a participar en un juego llamado Coins of Discord el jueves por la noche en el Speaker Corner del Hyde Park. Dice que allí nos explicarán las normas –
ya está, se lo había contado; y fue entonces cuando se percató de que los negros ojos de Lizzy se habían iluminado.
– ¡Yo también he recibido la misma invitación! ¡Eso era lo que quería explicarte! – exclamó Elizabeth sonriendo.
– ¡Shhh! Lizzy, se supone que nadie debe saberlo – recordó Melannie a su amiga, mirando atemorizada a su alrededor para cerciorarse de que nadie las había oído.
– ¡Ups! Es verdad, lo siento. Pero me alegro de saber que a tu también participas, porque me daba mucho corte aceptar sin conocer a nadie. Sin embargo, si jugamos las dos será divertido – y tras decir esto revolvió la oscura cabellera de Melannie, la cual sacudió la cabeza y sonrió.
– Es cierto, ¡seguro que juntas lo pasamos bien! Y si voy contigo no tengo nada que temer... excepto el que todo el mundo se entere de que hemos sido invitadas – reprochó, frunciendo el ceño.
– Bah, hoy es el primer día, cada uno va a lo suyo. No creo que nadie me haya escuchado.


No obstante, había dos personas que sí que la habían escuchado. En un pupitre bastante cercano a ellas, la diminuta Sophie Baer había oído perfectamente la conversación. “Así que no soy la única” pensó “Esas dos también participan, por lo que no tengo que temer que sea un broma de mal gusto. Pero... ¿será seguro? Ellas parecen muy confiadas, sin embargo...” Mientras las dudas asediaban su mente, inconscientemente empezó a retorcer uno de sus rizados mechones de pelo escarlata hasta que le dolió, lo cual la sacó de sus meditaciones instantáneamente. Asegurándose de que nadie la observaba, cogió de su mochila la carta que había encontrado en su buzón aquella mañana y la releyó. Luego volvió a guardarla en el sobre, cerró los ojos y tomó una decisión. No perdía nada por probar.


Algo más alejado que Sophie, Edward Gilligan se había apartado disimuladamente de su grupo de amigos al oír el grito de Elizabeth. Y la información que había obtenido podía serle muy útil en el futuro... cuando ya estuviesen jugando.

– ¡Edward! ¿Estás en la Tierra?– preguntó en ese instante Matt Swift, uno de sus amigos.
– Sí, perdonad, es que...
– Dejadlo, es obvio que está muy ocupado admirando a Lair –
intervino Josh Pullman con una sonrisa maliciosa.
– ¡¿De dónde has sacado tu eso?! Lair no sólo es fea, sino que además es insufrible y estúpida – respondió Edward
– Seguro... Y aparte de eso, ¿has averiguado algo más mientras la observabas como si no existiese nadie más? – inquirió Matt, divertido.
– Sí, he averiguado que ella y su perrito faldero van a participar en una especie de juego raro el jueves – informó él, atento a las reacciones de sus amigos. Josh se mantuvo imperturbable, al igual que Mark West y Daniel Stevenson, pero Matt tragó saliva y desvió la mirada; y Sam Glass perdió su sonrisa burlona por unos instantes, para recuperar la de nuevo y preguntar:
– Y... ¿se puede saber porqué eso debería de importarnos?
– Por nada en especial, pero me pareció más interesante que prestaros atención.



Y en ese momento la puerta del aula se abrió con fuerza y Dianne Havoc y Mery Lucas entraron en la clase completamente despeinadas y sofocadas, ante las atónitas miradas de su compañeros.

– ¡Perdone el retraso, Mrs. Williams! – exclamó rápidamente Mery.
– Lucas... Mrs. Williams aún no ha llegado. Quedan aún quince minutos para que empieza la clase – explicó Sophie, la única persona de la clase que no había estallado en carcajadas.
– ¡Mery! – exclamó Dianne – ¡Me dijiste que llegaba diez minutos tarde! ¡Sí lo hubiese sabido no venía corriendo!
– ¡Porras! ¡Es cierto! ¡Adelanté mi reloj quince minutos para no llegar tarde! ¡Se me había olvidado! –
dijo Mery, golpeándose la frente con la palma de la mano –. Pero es que son demasiadas cosas: empiezan las clases, llega el cumple de Adrianna, a mi madre la trasladan, la carta de hoy... – nada más decirlo recordó que era un secreto y se tapó la boca, pero ya era demasiado tarde.
– ¿Qué carta? – preguntó su acompañante, bajando la voz y tratando de contener los nervios.
– N-niguna. Es personal, Havoc, no te importa – y tratando de cambiar de tema, se giró hacia sus amigas y gritó – ¡Jenny, Adrianna, aquí estoy!

Dianne la observó marcharse con mil preguntas acosándola por dentro “Tal vez... puede que ella también... Pero solo ha dicho algo de una carta, seguro que no se refiere a eso”

– En fin... eso te pasa por fiarte de Lucas. Todos sabemos como es, Dianne – le recordó su mejor amigo, Jack Loury, acercándose a saludarla – ¿Qué tal el verano?
– Muy bien, ¿y tú?
– Bien... – murmuró él, bajando la mirada –. Pero no es lo mismo sin ella.

Dianne lo abrazó, apenada. Casi había pasado un año desde que Marianne, la hermana mayor de Jack, había muerto en un accidente de tráfico junto con su novio Jake y Katleen, una amiga. Jack estaba muy unido a su hermana, y el fallecimiento de ésta lo había afectado profundamente.


Mientras sacaba los libros de su mochila, Lucy Nadler daba vueltas a las palabras de Mery, que ella también había escuchado. Y al igual que Dianne, pensaba en la lejana posibilidad de que aquella carta fuese una invitación a jugar a Coins of Discord como la que ella misma había recibido. Pero... a ella también le parecía algo tan improbable que decidió apartar la idea de su cabeza. Total, el jueves era el día siguiente, por lo que no tardaría en conocer al resto de participantes.

-

Josh notó enseguida que la atención de Matt se había fijado en Dianne desde el momento en que esta había hecho su entrada en la clase, y se apresuró en dar un codazo a los demás. Todos observaron divertidos como su amigo ni se enteraba de lo que pasaba a su alrededor, ocupado en admirar la ondulada y espesa cabellera castaña de la actual delegada de clase y en perderse en sus ojos ambarinos. No obstante, una palmada en la espalda por parte de un muchacho pelinegro y bastante alto bastó para espabilar lo y, rápidamente, se giro hacia Peter Ferras, su vecino.

– Matt, cuando Melannie y yo salíamos, tu madre nos ha dado esto – explicó, tendiéndole una bolsa de comida –. Creo que es tu almuerzo.
– Esto... Sí, sí, muchas gracias, Peter.
– De nada... y yo que tu dejaría de mirar a Havoc, todo el mundo se ha dado cuenta ya.


Matt se sonrojó y, avergonzado, se volvió hacia sus amigos:

– ¡No es cierto! ¡Yo no estaba mirando a Dianne! – protestó.
– Noooo, Matt, no... Claro que no estabas mirando a la delegada, al igual que Mrs. Williams no se tiñe el pelo
Yo no me tiño el pelo, Sam – dijo Mrs. Williams, entrando en ese momento en el aula seguida por un joven rubio y de tez morena con gesto de aburrimiento –. Te aseguro que es mi negro natural, aún no tengo canas. En cuanto a si Matt estaba admirando a Dianne o no, es algo que no me incumbe, aunque teniendo en cuenta la belleza de nuestra delegada, yo me inclinaría por el sí.

Ambos muchachos se ruborizaron y se apresuraron en tomar asiento, mientras las risas del resto de sus compañeros resonaba en la clase.

– De acuerdo, silencio ya – ordenó Mrs. Willams a sus alumnos. Cuando todas las risas se apagaron, prosiguió –. Os presento a vuestro nuevo compañero, Dake Cabell. Dake, puedes sentarte donde veas un sitio libre... mira, creo que Helen está sola.
– Sí, Mrs. Williams, y espero seguir estando lo –
replicó la muchacha.
– ¡Helen! – regañó la profesora – Haz el favor de comportarte.
– No pasa nada, Mrs., allá al fondo también hay un sitio libre y la compañía parece mucho más agradable – señaló Dake, sin dignarse siquiera a mirar a la impertinente Helen Clayton, la cual; pese a mantenerse serena, rebosa de odio en su interior hacia el nuevo, la única persona hasta el momento que se había atrevido a hablarle así.
– Por supuesto, siéntate con Sophie. Es una chica encantadora, seguro que os lleváis bien – informó Mrs. Williams, recuperando la sonrisa que la caracterizaba.


Dake caminó en silencio hasta el pupitre de Sophie y se sentó a su lado. Se volvió para saludarla y su sorpresa fue enorme cuando la reconoció. Seguía siendo bastante bajita y delgada, con la piel pálida como el mármol y repleta de pecas, especialmente bajo sus grandes ojos verdes y sobre su delicada nariz. Pero lo que más destacaba de ella era, sin duda, su ondulada cabellera cobriza, que le llegaba hasta la mitad de la espalda. Siempre la llevaba suelta, pues rodeada por ella se sentía más segura. Dake se sonrió interiormente. Parecía tan débil, frágil e indefensa como en el pasado, lo cual significaba que seguí estando a su merced.

– ¡Hola! Como ya ha dicho Mrs. Williams, me llamo Dake Cabell y voy a ser tu nuevo compañero – y dicho esto le tendió su mano. La pelirroja pareció dudar unos instantes, pues había algo en aquel chico que le resultaba familiar y no le gustaba. Pero... se había propuesto superar sus miedos... así que al final le estrechó la mano.
– Yo soy Sophie Baer. Encantada de conocerte – añadió, sonriendo con timidez.

“Definitivamente, me ha tocado la lotería” pensó Dake “Ni siquiera se acuerda de mi... y para cuando lo recuerde, será demasiado tarde”


Helen los observaba con su habitual gesto de superioridad. No había escapado a sus ojos el momento en que Sophie sacó disimuladamente la invitación, ni la atención que Edward prestó a la conversación de Elizabeth y Melannie, ni las reacciones de Matt y Sam al escuchar de que trataba ésta, ni el comentario de Mery ni el nerviosismo que éste había producido en Dianne y Lucy. Así que, probablemente, ya sabía las identidades de diez jugadores, contándose a si misma. Así que sólo le faltaban tres chicos... a los cuales pensaba descubrir en el transcurso del día. Y se le había ocurrido una manera de hacerlo, antes incluso de que llegase la hora del recreo. Por supuesto, la principal víctima de su plan era la tímida y amable Sophie Baer.

-

Aprovechando un momento en que Mrs. Williams se agachó para revisar unos papeles, Lizzy desdobló la notita que Peter acababa de pasarle. Oye, Liz, ¿es cierto que tu también juegas a Coins of Discord? Es que me lo acaba de contar Melan, porque yo también participo. Elizabeth sonrió, feliz. Particiar en un juego misterioso con su mejor amiga ya le parecía genial, pero si además se unía a ellas su novio y hermano de Melannie... seguro que lo pasaban de maravilla. Sí, Pet, yo también juego, ¡lo vamos a pasar genial! Bueno, a menos que el juego sea una mierda... contestó.


Jack los miraba con envidia. Elizabeth Lair y los hermanos Ferras le caían bien, pero le sentaba fatal ver lo bien que se llevaban Peter y Melannie... tal y como él se había llevado con su hermana. Dianne se percató de la expresión afligida de su compañero y lo rodeó con el brazo.

– Jack... deberías tratar de pensar en otra cosa...
– Tienes razón –
admitió él, apartando la mirada de los alegre hermanos –. De hecho... quería comentarte una cosa, pero se me había olvidado. Esta mañana he recibido una carta muy rara, mira – contó, tendiéndole la misiva. Dianne abrió los ojos como platos nada más comenzar a leerla.
– ¡¿Tú también?! ¡No puede ser! Yo también tengo una invitación para ese juego misterioso.
– Menos mal, pensé que era una broma de mal gusto. Pues si tu vas, yo también.
– ¡Vale! Pero con los móviles encendidos, que eso del jueves a medianoche...
– Por supuesto, y con la marcación rápida activada.


-

Sophie estaba molesta, muy molesta. Dake se pegaba a ella demasiado, y eso la distraía y se equivocaba, y él, en vez de señalarle fugazmente donde estaba el error, le rodeaba la cintura con el brazo derecho para marcar con el izquierdo donde había fallado y se lo explicaba en un murmullo demasiado cercano a su oreja. Incluso en una ocasión llegó a retirarle el pelo con suavidad de delante de la cara, aduciendo que teniendo un rostro tan bonito no debía ocultarlo, aunque su cabellera también fuese preciosa. Esto había provocado un intenso rubor en las mejillas de la muchacha, y tal nerviosismo en su interior que ni siquiera fue capaz de responder le. Y además, la fría y controladora Clayton no dejaba de mirarla, lo cual no podía augurar nada bueno.

Por fin sonó el timbre del cambio de clase, y Sophie se levantó aliviada, separándose todo lo que pudo de Dake. Ocupada como estaba en vigilar que el chico no se le acercase, no se percató de los movimientos de Helen hasta que fue demasiado tarde y la rubia le abrió la mochila y la empujó por la espalda sin que nadie la viese. Sophie se cayó al suelo, y el contenido de su mochila se desparramó a su alrededor. Varias personas trataron de recoger los libros, pero Helen se adelantó y se apoderó de la carta:

– ¡Anda, Baer, un carta! Si la llevas en la mochila debe ser algo importante, ¿de qué se trata? – preguntó mientras habría el sobre.
– ¡E-es algo personal! Por favor, Clayton, devuélvemela – rogó la pelirroja.
– ¿Acaso la inocente Sophie guarda oscuros secretos que no quiere revelar? – inquirió divertida Adrianna Collins, ganándose un codazo de reproche por parte de Mery.
– ¡N-no pe-pero... es algo que no te incumbe, Clayton! – exclamó desesperada Sophie.
– Veamos... – Helen sacó la carta y comenzó a leerla – Estimada Señorita Baer: Nos complace invitarla a participar en la sexta partida de Co...
– ¡Ya basta, Clayton! – exclamó Dianne, que había averiguado el resto de la misiva.


Helen permitió que la delegada le arrebatase la carta y observó al resto de sus compañeros. Todos parecían dar vueltas a la misteriosa carta de Sophie, pero las expresiones de Jack Loury, Peter Ferras y Dake Cabell revelaban que conocían el pleno contenido de ésta. Y el último parecía especialmente contento. “Por fin los tengo a todos.” pensó “Mery, Lucy, Sophie, Dianne, Melannie, Elizabeth y yo misma; siete chicas. Edward, Matt, Sam, Jack, Peter y Dake; seis chicos. Los trece jugadores de Coins of Discord... de los cuales sospecho ser la única que tiene un pleno conocimiento de las reglas”
Capítulo 2 - Las reglas del juego:
– ¡Pam! ¡Me marcho! – gritó de nuevo Lucy.
– ¡¿Has dicho algo, Lucy?! – preguntó por fin su hermana.
– ¡Cierra el grifo!
– ¡Ah! Enseguida –
el potente ruido del agua cesó y Pam miró de nuevo a Lucy –. ¿Qué decías?
– Que voy a salir, y a lo mejor llego tarde o me quedo a dormir en casa de alguien.
– ¿Ahora? Estamos a jueves, mañana tienes clase y es tarde. No creo que sea buena idea.
– Pam, tengo diecisiete años, sé cuidarme sola.
–Ya... pero sigues siendo mi hermanita pequeña, me preocupa tu seguridad. Sobre todo desde lo de Katleen...


Lucy miró apenada a su hermana. Hacía ya casi un año que la mejor amiga de su hermana, Katleen Olsen, había fallecido en un accidente junto con Jake Hale y Marianne Loury, también amigos de Pam. Ésta trataba de superarlo, pero se la notaba más asustadiza y Lucy aún la oía llorar algunas noches. La propia Lucy añoraba constantemente la alegre y serena presencia de Katleen, que había sido como una segunda hermana para ella.

– Pam, fue un accidente, ni Jake ni Katleen iban borrachos. Debes superarlo.
– Lo sé, Lucy, lo sé. Pero... el hecho de que a mi no me pasase nada me hace sentir mal, no lo puedo evitar.
– Sí que puedes, seguro que puedes. Ese sentimiento de culpabilidad es estúpido, tu dormías mientras ellos sufrieron el siniestro.
– Sé perfectamente que es algo irracional, pero es así –
Pam cerró los ojos unos instantes y respiró profundamente –. En fin, da igual. Ten mucho cuidado.
– Lo tendré, tranquila.


-

– ¡Lizzy! ¡Por fin! – exclamó Melannie, corriendo a abrazar a su amiga.
– ¡Lo siento! Es que mi perra había perdido su peluche y no me dejaba ir sin encontrárselo.
– No pasa nada, Liz, ya sabemos como es Choco –
Peter se aproximó a ella y la besó fugazmente. Ésta sonrió y se subió a la espalda de su novio.
– ¡Venga, Pet, llévame! – ordenó con la cara más seria que sabía poner.
– ¡Lizzy, que llegamos tarde!
– Vale... Pero el próximo día Peter me lleva


Melannie puso los ojos en blanco y su hermano rió, besando de nuevo a Eizabeth. Después, los tres cogieron sus bicicletas y salieron hacia el Speakers Corner.

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– ¡¿Mery?!
– ¡¿Sam?!
– ¡¿Tú participas?!
– No, estoy aquí para tomar la luna, si te parece –
respondió la chica.
– ¿Siempre eres así de encantadora?
– No, es que tu me caes bien.
– Qué honor –
bufó él –. ¿Sabes si alguien más va a venir?
– Sophie, por supuesto.
– Hasta ahí también llego yo, inteligente.
– Anda, no te creía tan listo. Creo que Havoc también viene, ¿sabes de alguien más?
– Lair y su perrito faldero.
– ¡Melannie no es un perrito faldero! Deja de insultar a todo el mundo, no eres mejor que ellos.
– Por dios, la sigue a todas partes. Si tiene carácter que lo demuestre.
– No tiene por qué demostrártelo a ti.
– Que no lo haga. Seguiré llamándola perrito faldero.
– ¡¿Cómo puedes ser tan creído?!
– ¿Cómo puedes tú ser tan irritante?
– ¡Hola!


Mery y Sam se volvieron sorprendidos hacia Matt, que los saludaba mientras se aproximaba a ellos a paso tranquilo.

– ¡Hola, Matt! Nunca me había alegrado tanto de verte, ¡estar a solas con eso es insufrible! –
– ¡Y eso lo dice el que paga a sus amigos para que lo aguanten! –
espetó Mery, enfurecida.
– ¡Yo no pago a nadie!
– ¡Callaos! –
gritó Matt. Y se hizo el silencio –. A ver, Mery no es insufrible, y Sam no nos paga. Os recuerdo que, al menos yo, hemos venido aquí a participar en un juego, así que lo mejor será que no haya peleas.

-

Cuando Sophie aparcó su bicicleta, descubrió que Dianne, Jack, Lucy, Matt, Sam, Mery, Melannie, Elizabeth, Peter y Edward ya estaban allí, y la altiva figura de Helen también se aproximaba al grupo. Por lo que sólo faltaban ella y...

– Hola, pelirroja – susurró Dake. Sophie dio un respingo y se giró hacia él, que estaba demasiado cerca.
– D... ¡Dake! No sabía que tu también jugabas...
– Ya, te lo iba a contar, pero preferí darte una sorpresa.
– Ah... bueno... deberíamos ir.
– Supongo... –
la sonrisa misteriosa de Dake provocaba continuamente los nervios de Sophie. Y... le daba miedo. Tenía que admitirlo, la sola presencia del bronceado muchacho hacía increíblemente tentadora la idea de ocultarse para siempre en su habitación. Aún no entendía por qué, pero sabía que lo correcto era superar aquello; y así lo haría. Por eso comenzó a caminar junto a Dake con calma, sin hace caso a los impulsos que le pedían a gritos que se alejase de él.

– ¡Hola, Sophie! Y hola a ti también, Dake – los saludó Dianne, invitándolos a acercarse con la mano. Sophie no dudó en aceptar la invitación, ya que la delegada le caía muy bien y habían coincidido durante varios años en clases de baile; y así quedaron todos reunidos (menos Helen, que prefirió mantenerse apartada).

-

Apenas el reloj de Jack dio las doce, catorce motos llegaron juntas y de ellas bajaron quince personas, aunque sólo dos se quitaron el casco: un chico con el pelo verde y una chica con cabellera violácea, los cuales corrieron a situarse delante de los participantes y sonrieron.

– ¡Bienvenidos! Yo soy Maggie y me alegra un montón veros aquí a todos, la verdad es que cada año nos tememos que falte gente, ¡pero esta vez hubo suerte! – exclamó la chica.
– Y yo me llamo Zack, ¡y voy a explicaros las normas! Veréis, el juego durará cinco semanas, pero solo tendréis que venir aquí los jueves a medianoche y os dejaremos donde nos digáis a las dos en punto. Y tranquilos, nos ocuparemos de que no os maten a deberes y de que vuestra familia os permita acudir si los necesitáis – aclaró el peliverde.
– El juego consiste en lo siguiente: os daremos una mochila a cada uno y los jueves (tanto si venís como si no) os meteremos en ellas dos monedas con el nombre del juego, cómo estas – explicó Maggie, mostrándoles un par de pequeñas monedas doradas en cuyo centro estaba escrito Coins of Discord en negro –. Podéis hacer lo que queráis con ellas: esconderlas, dejarlas donde están, dárselas a otro jugador, robarle las suyas a alguien, étc. No obstante, el último día a las dos debéis procurar tener todas las que podáis dentro de vuestra mochila, porque cuando os recojamos realizaremos el recuento final y ganará la persona que más monedas tenga.
– Y lo más importante: tras entregaros las mochilas, un motero os llevará a cada uno a un punto distinto de la ciudad. Tranquilos, también os daremos un pequeño collar con un localizador para encontraros a la hora de volver. Ese colgante contará también con un comunicador por si queréis consultarnos cualquier cosa.
– Eso es todo, ¿alguna duda?



Helen tuvo que esforzarse para contener su ira, ¡aquellos inútiles habían olvidado lo más importante! Ya estaba advertida de lo atolondrados que eran, pero esto era intolerable. Haciendo uso de su fuerte autocontrol, preguntó con amabilidad:

– Yo tengo una, ¿cuál es el premio?
– ¡Ay, pero que cabeza la mía! –
exclamó Maggie golpeándose la frente –. ¡Olvidarme de eso! Perdonad mi incompetencia, por favor. El premio consiste en diez mil libras en efectivo.


Doce mandíbulas estuvieron a piques de impactar contra el suelo de la sorpresa. Jack escrutó el rostro de Maggie, pero ésta no da muestras de estar mintiendo. “Diez mil libras por ganar un jueguecito... ¿puede eso ser real?”

– Como comprenderéis, es una cantidad tentadora, por lo que si la existencia de este juego saliese a la luz, mucha gente trataría de participar o sabotearlo. Así que no está permitido que contéis nada, ni durante el juego ni después, tanto si ganáis como si perdéis. El que lo haga se situará automáticamente en la lista de perdedores.

“Nada a nadie... bueno... tampoco hay nadie a quién quiera contárselo. Dianne participa y Marianne...” Jack sacudió la cabeza, tratando de alejar esos pensamientos de su mente.

– Y ahora sí que os lo hemos contado todo. ¿Alguna pregunta más? ¿No? Pues comencemos. Hoy no os llevaremos a ninguna parte, podéis organizaros como queráis desde aquí. Iré diciendo vuestros nombres y acudiréis a por vuestras mochilas, que contienen un mapa de Londres, una brújula, una navaja y un pequeño kit de primeros auxilios; aparte de las dos primeras monedas. De paso también os pondré los collares. A ver... ¡Dake!


Apenas cinco minutos después, todos estaban equipado y reunidos en grupitos: Edward, Sam, Matt y Mery; Dianne, Jack, Sophie, Dake y Lucy; Melannie, Elizabeth y Peter... y Helen, como siempre, apartada de los demás, pero muy atenta a ellos. Sus maneras de ser, sus debilidades, sus relaciones, sus miedos, sus odios ocultos... todo era importante para ganar. Debía tejer sus redes con cuidado, sin que ninguno se diese cuenta hasta que no pudiesen librarse de ellas.

Capítulo 3 - Haciendo planes:
– Buf... no sé... esto puede ser peligroso – murmuró Dianne.
– Ya... que unos desconocido nos lleven en una moto a cualquier sitio de la ciudad no es normal. Y yo no soy muy amigo de las motos desde el accidente – Jack desvió la mirada, los recuerdos de su hermana no paraban de asediar su mente últimamente.
– Yo tampoco – señaló Lucy –. Sólo el ver una me recuerda a ellos.

Jack apoyó su mano en el hombro de Lucy. La conocía desde que eran muy pequeños, pues la amistad de sus hermanas los había hecho coincidir en numerosas ocasiones. Sabía lo afectadas que habían quedado Pam y ella por la muerte de Katleen, casi tanto como él por la de Marianne.

– Pero... no podéis odiar las motos sólo por eso. Entiendo que os traigan malos recuerdos, pero también tienen cosas buenas. A mi la mía siempre me sirve de ayuda en muchas ocasiones – Sophie hablaba con timidez, sin apenas levantar la vista del suelo.
– Estoy de acuerdo con Sophie – apuntó Dake, rodeando los hombros de la pelirroja con el brazo y consiguiendo que ésta se estremeciese.
– A ver, no digo que les tenga pánico, he venido aquí montada en la mía, pero me traen malos recuerdos. No obstante... si nos damos nuestros números, en caso de necesidad podríamos contactar entre nosotros.
– Es cierto. Podemos probar el próximo jueves y si no nos gusta, lo dejamos –
propuso Dianne.
– De acuerdo, pero como pase algo raro, me voy por pies a la primera. Aquí tenéis mi número – Jack tendió un papelito a Lucy.
– Bien, haremos eso – la chica garabateó otro número en el papel de Jack y se lo pasó a los demás – Yo estoy dispuesta a intentarlo, si nos apoyamos unos a otros.

Sophie observó al resto del grupo unos instantes. Lucy era una joven de estatura media, cabello de un tono rubio anaranjado y ondulado hasta los hombros, con unos bonitos ojos verdosos y un rostros cubierto de pecas, más aún que la propia Sophie. Dianne, por su parte, era más alta que Lucy y de piel más morena, melena castaña ligeramente ondulada y orbes ambarinas. Jack igualaba a su amiga en estatura, su tez era bastante clara y su pelo rizado de un tono rubio pajizo. No obstante, lo más destacable del chico eran sus ojos: uno esmeralda y otro dorado. Los tres eran muy amables y siempre la habían tratado bien, por lo que no tenía problema en darles su número y hacer equipo con ellos, pero Dake... Seguía a su lado, con su imponente metro noventa, su cuerpo musculado, su cabello rubio oscuro hasta casi la altura de los hombros y su sonrisa. La sola idea de que él la llamase o de tener que llamarlo para pedir ayuda le resultaba terrorífica. Superarlo, sí, tenía que superarlo... pero cada vez le costaba más. Tuvo que hacer acopio de toda su fuerza de voluntad para decir:

– Si lo hacemos así, yo también quiero probar.
– Pues si Sophie va, contad conmigo –
añadió Dake.

-

–Vale, el juego no es una mierda, o al menos no lo parece. Me apetece probar, ¿que decís? –
preguntó Elizabeth.
– Yo digo que sí – asintió Melannie – ¿Peter?
– De acuerdo, participemos juntos. Aunque habrá que vigilar a Clayton, porque no para de mirarnos a todos y se le iluminaron los ojos cuando nos dijeron que podíamos robar monedas.
– Cierto... esa chica es muy fría y a veces siniestra –
lo secundó su hermana –. Bah, pero en el fondo es maja, no creo que haga nada raro.

-

– Venga, ¿qué pensáis vosotros? –
inquirió Matt
– No sé, me parece muy siniestro, no estoy segura de que debamos participar – opinó Mery.
– Como no, la señorita cobarde no se atreve – se burló Sam
– ¡¿Cobarde yo?! ¡¿Desde cuando?!
– ¡Desde siempre! ¡Gallina!
– ¡¿Cómo te atreves?!


Edward dejó de prestar atención a sus amigos y observó de nuevo a Melannie. Mery le caía bien, pero a veces deseaba que tuviese el atrevimiento de la pelinegra. Porque, en el fondo, Melannie tenía una personalidad valiente y decidida, aunque no lo demostrase a menudo. Y él lo sabía y la admiraba por ello. Iba a participar, no solo por el suculento premio, sino porque esperaba llamar así su atención... y tener algo con ella, para que ocultarlo. Su cardada cabellera azabache, sus ojos azules, su piel apenas bronceada, su figura delicada pero definida... todo en ella lo volvía loco, pese a que había tardado en admitírselo a si mismo y aún tardaría más en contárselo a sus amigos, ya que...

– ¡Pues pienso participar, para tu información! – el grito de Mery interrumpió sus pensamientos – ¿Quién es el gallina ahora?
– Yo no, también voy a jugar y lo decidí antes que tú –
informó Sam.
– Dios... mejor me callo, no voy a rebajarme a discutir con alguien como tú.
– ¡¿Qué has querido decir con eso?!
– Nada, Sam, déjalo estar por una vez en tu vida –
bufó Edward –. Yo me apunto.
– Y yo, así que vamos todos, ¿eh, Sam? –
añadió Matt con tono conciliador.
– Psé – contestó éste, malhumorado.
– Venga, tío, no te piques por una tontería como esa. Mery y tú os pasáis el día discutiendo porque tú te metes con ella, es normal que Edward se harte.

-

Helen sonrió, feliz por la cantidad de información que había obtenido en tan poco tiempo. Sophie temía a Dake, y él lo sabía y lo aprovechaba. Mery detestaba a Sam y él adoraba molestarla. Edward no apreciaba demasiado a Sam y estaba enamorado de Melannie, y Matt de Dianne. Peter y Elizabeth se querían, pero era un amor poco intenso y fácil de destruir. Ninguno de ellos alcanzaría el primer puesto, ella se encargaría de asegurarlo.

-

Viernes. El mejor día de la semana... si tu compañero de pupitre no te ignora. Sam estaba hasta las narices, Edward y el nunca habían sido mejores amigos, pero cada vez estaba más distante y frío. Entendía que le molestasen sus pullas hacia Lucas, no todo el mundo disfrutaba viendo enfadada a la chica, pero eso no era motivo para no dirigirle la palabra. Cabreado, decidió no prestarle más atención y desvió la mirada... a Mery, como no. La muchacha reía divertida junto con una de sus amigas. Si se paraba a observarla, Sam se veía obligado a reconocer la belleza de su compañera. Sus ojos castaños siempre tenían un brillo divertido (menos cuando hablaba con él, por supuesto) y su ondulada cabellera, castaña también, flotaba alrededor de su claro rostro con naturalidad. Sí, era una chica muy guapa... pero demasiado alegre. Sam no soportaba a las personas que se pasaban el día riendo y bromeando sin preocuparse de nada, gente alocada que no pensaba en el fututo... y Mery era justo esa clase de persona. Además estaba James... pero no valía la pena pensar en eso, no ahora. Por fin iba a poder vengarse de Mery por aquello, pero debía esperar al momento adecuado. Y entonces la mandaría directa a la lista de perdedores, quedándose él con el premio.

-

– Sophie, ¿te encuentras bien? – preguntó Mrs. Lyndon, levantando la vista del libro por uno instantes – Pareces molesta.
– N... no, Mrs. Lyndon, estoy tan bien como siempre –
– ¿Seguro? Si te sucede cualquier cosa, puedes decírmelo, sabes que los demás profesores y yo estamos enteramente a vuestra disposición.
– Lo sé, pero de verdad que estoy bien.
– Bien, confío en ti. ¡Adrianna y Mery! ¿Os molestaría compartir el chiste con el resto de la clase para que también nosotros podamos reírnos?
– S... sí Mrs... ahora le cuento –
dijo Adrianna entre risas.
– Verá... es que el hermano de Jenny la grabó mientras interpretaba de cualquier manera “I Love Rock N Roll”, le puso voz aguda y lo subió a youtube... una vez que has visto el vídeo no puedes olvidarlo – explicó Mery, para luego volver a desternillarse de risa.
– Oye, que yo soy una gran cantante, pero la voz de pito no me pega – se defendió Jenny, tratando de contener la risa.
– ¡Mery, esta tarde me pasas el vídeo!
– ¡Y a mi también, porfa!
– ¡Yo quiero ver eso!
– ¡Adri, mándamelo!
– ¡¿Quién me lo pasa?!
– ¡Silencio! –
gritó Mrs. Lyndon – Me da igual como le quede a Jenny la voz aguda, todo el mundo a callar. A menos, claro, que queráis más ejercicios de Literatura...
– ¡Hágase el silencio, rápido! –
exclamó Mery, alertada ante la idea de no poder salir por la tarde.

-

– Elizabeth... que había que dibujar una calle en perspectiva, no una serie de patatas mutantes.
– ¡No son patatas mutantes! Además, Lucas, no se quien te ha dado permiso para opinar –
gruñó Lizzy, separando su dibujo del de Mery.
– Jo, que rápido te picas, Lair. Era una broma, te está quedando muy bien.
– Déjala, Mery, sabes que no se toma bien las bromas. Deberías centrarte en lo tuyo, que no llevas ni tres líneas y la clase va a acabar -
recordó Lucy.
– Es que me sale mal... no todos dibujamos como Jack.
– Ya, pero no creo que para aprobar Arte y Diseño haga falta ser una gran dibujante.
– No... pero ayuda.
– Chicas, dejad de cotillear como marujas, que nos quedamos sin tiempo –
intervino Jack –. Yo ya he terminado, y seguro que los demás también.
– No, Baer aún tiene algunos detalles que retocar –
señaló Lucy– Lo cierto es que estos días está como más descentrada, y sospecho que es por Dake, que se pega a ella en todas las clases. Quién sabe, puede que nuestra pequeña pelirroja se esté enamorando...
– A mi más bien me parece que él la molesta, y no me agrada la idea. Tengo que hablar con Sophie un día de estos –
opinó Mery, frunciendo el ceño. No quería que el pasado de Sophie se repitiese, ella no se lo merecía.
– ¡Qué os dejéis de chismes las dos!

-

Helen observó por la ventana como un gato jugueteaba con un gorrión moribundo. El fuerte se come al débil, de toda la vida, pero no debe hacer sufrir a la víctima. Regodearse de una victoria que se ha conseguido fácilmente es señal de debilidad. Sucumbir ante la tentación de disfrutar con el dolor de otro ser era algo que solían hacer las personas... pero ella no. Y mientras semejantes ideas vagaban por su mente, Mr. Fellow seguía explicando la lección de Psicología con su monótono tono de voz que provocaba un ligero sopor en sus alumnos. Helen era una amante de la asignatura, pero la clase no solía aportarle nada nuevo. Tal y como su hermana Angelique solía decir, la mejor manera de aprender psicología es dedicarse a observar personas, y ese era uno de sus mayores hobbys. Era increíble las diferencias entre las distintas personas, como actuaba cada una, como ocultaban sus verdaderas opiniones, como sonreían a quien odiaban... y como los demás no se daban cuenta de nada. Y además los muy ilusos creían vivir en un mundo de amistad y sinceridad, casi nadie se molestaba en desentrañar los gestos y palabras de los demás, hecho que quedaba demostrado por la escasez de alumnos en la asignatura de Psicología.
Capítulo 4 - Entretenimientos nocturnos:
La cara moto de Helen poco tenía que ver con el local enfrente del cual estaba aparcada. El Black Revenge era uno de los bares menos recomendables de la ciudad, generalmente frecuentado por personas solitarias y marginados sociales. Dos de los especímenes favoritos de Helen.
Con paso decidido entró y se dirigió a la barra, ignorando las miradas lascivas con las que la devoraban los clientes. Se sentó en un taburete algo apartado del resto y buscó a Aymerik entre la multitud. Al rato vislumbró su negra melena junto al estante de las bebidas, cogiendo una botella de whisky. Pronto, los ojos azules de la camarera se posaron en ella y le sonrió, dándole a entender que estaba libre. Helen dirigió una mirada fugaz a su reloj, comprobando que faltaban aún diez minutos para que Aymerik terminase su turno.

-

– ¿Diga?
– ¿Sophie? Soy Lucy.
– Hola...
– Verás, hemos quedado para ver una peli Dianne, Jack, mi amiga Edna y yo; y era por si querías venir...
– Oh... pues vaya... eh...
– No tienes que venir si no quieres, no te veas forzada ni nada de eso.
– No... en realidad me apetece. ¿Cuándo y donde?
– En media hora en la puerta de mi casa, nos lleva mi hermana. ¿Sabes donde vivo?
– Sí, he pasado por delante varias veces... nos vemos allí.
– ¡De acuerdo! ¡Ah! Y si eso puedes invitar a Dake, que por uno más no pasa nada. ¡Chau!


El teléfono comenzó a pitar, indicando que Lucy había colgado. Sophie presionó la tecla roja despacio. Dake. Apenas lo conocía desde el miércoles y ya atormentaba cada rincón de su débil mente. Lo peor era que desconocía por completo la causa de sus reparos hacia él, pero lo que aparentaba ser una simple mala impresión se estaba transformando en un miedo atroz, en un pánico descontrolado e infundado. No sabía a quién pedir consejo, ya que también ignoraba como explicarse.

Cansada y harta de su propia fragilidad, sacó del armario una larga blusa de estampado rústico azul y beige, un fino cinturón marrón, sus vaqueros blancos y sus botines camel. Peinó un poco su melena y la dejó suelta, flotando a su alrededor, protegiéndola. Bajó con calma las escaleras de su casa y descolgó del perchero de la entrada su bolso favorito, marrón claro y de flecos. Guardó dentro su móvil y las llaves. Luego respiró hondo y salió. No iba a llamar a Dake.

-

– Perdone, ¿podría dejarme dinero para comprar unos porros?
– ¡¿Qué?!
– Que si me deja dinero para...
– ¡Te he oído! ¡Debería darte vergüenza, a tu edad y ya con esas cosas!
– Ey, relájese, que se va a enterar todo el mundo
– ¡Aléjate de mi, drogadicta! ¡Mira que llamo a la policía! ¡Socorro!
– …
– Creo que la he traumatizado.
– Puede ser.
– Ya.
– …
– Bueno, ¿a quién le toca?
– A Josh.
– Pues venga, Josh: ¿Verdad, atrevimiento o beso?
– Mm... Beso
– Interesante... En ese caso... –
Mery pegó su rostro al de Josh, permitiendo apenas que el aire pasase entre ellos. La respiración del muchacho se detuvo por unos instantes al percibir el cálido y mentolado aliento de ella sobre sus labios – … alcanza a la señora traumatizada y bésala.
– ¡¿Qué?! ¡La señora no cuenta!
– La hemos traumatizado, así que cuenta.
– ¡Venga ya, Mery! –
al ver el divertido pero inalterable semblante de su amiga, Josh comenzó a preocuparse – Chicos, decidle a Mery que solo vale besar a los que están jugando.
– Creo que no hemos comentado eso en ningún momento –
dijo Jenny.
– No, a mi tampoco me suena – la secundó Mark.
– Yo estoy completamente segura de que no lo hemos dicho – aseguró Adrianna.
– Pues Adri siempre acierta, así que estoy con ella – declaró Matt.
– Ya has oído, Josh, o la besas o pagas prenda. Y yo que tú me daría prisa, que la pierdes – dijo Mery, aguantando la risa con dificultad.
– Te mataré – amenazó Josh sacándose la sudadera.
– Juraría que hace unos momentos no era eso lo que querías hacerme precisamente – recordó ella.
– Que te folle un pez. ¿A quien le toca? – preguntó Josh nervioso y algo molesto por el frío nocturno.
– A mi, y elijo verdad – dijo Matt.
– En ese caso, responde la verdad y solo la verdad. ¿Te gusta Dianne?

-

– ¡Sophie! Que susto, pensé que ta habías perdido –
Lucy suspiró aliviada.
– No, me acordaba bastante bien del camino.
– Oye, que guapa estás –
dijo Dianne, sonriendo con su habitual amabilidad.
– ¿Yo? N.. no... em... yo... Gracias – balbuceó la pelirroja.
– ¡No hay tiempo para charla, que mi padre se enfada! ¡Vamos, rápido! ¡Co...! Sophie, ¿tu no ibas a llamar a Dake? – inquirió Lucy, deteniéndose y clavando sus ojos interrogativos en las verdes y asustadas orbes de su compañera.
– S... sí pero... resulta que copié mal su númar... número y llamé a parsona otra, quiero decir, a otra persona que no era Dake.
– Ajá... –
Lucy la miraba con incredulidad, pues ella misma había visto como Dake la observaba mientras guardaba su número en el teléfono. Sin embargo, lo atribuyó al nerviosismo de la enamorada y decidió no indagar más... por el momento

-

El putrefacto olor a alcohol que invadió sus fosas nasales advirtió a Helen de la cercana presencia de un cliente. En las botellas de la estantería más cercana vislumbró el deformado reflejo de un hombre de mediana edad, barba de varios días, pelo descuidado y generosa barriga. Y en ese momento, su brazo derecho realizaba un sospechoso movimiento...

– Eric, espero que recuerdes que mi culo es sagrado y que no está ni estará nunca a tu alcance.
– Mm... me temo que la bebida ha borrado mis recuerdos, princesa
– ¿Necesitas que te vuelva a explicar cual es mi espacio vital?


No precisó girarse para saber como el terror borraba la sonrisa socarrona del motero y lo incitaba a alejarse de ella lentamente, como un corzo que descubre el hambre del león y trata de huir sin que este se altere, esperando que así lo deje ir. Y lo haría. Helen no tenía ganas de bronca. Solo aguardaba pacientemente la salida de Aymerick, manteniendo sus inexpresivos ojos grises clavados en ella. Ya no quedaba mucho, pero la espera parecía estirarse infinitamente. El barullo de los clientes se oía lejano en su cabeza, mientras que el tic-tac del reloj cobraba más fuerza con cada instante. Los firmes, ligeros y veloces pasos de Aymerick tras la barra parecían acompasarse con este, como los acordes armónicos que completan las melodías para darles mayor intensidad. Aquel ritmo se iba apoderando de su cabeza, adormeciéndola poco a poco. Atrapaba sus sentidos, cerrándose en torno a ellos como una red de caza: despacio, de manera imperceptible hasta que no hay vuelta atrás.

De repente, algo interrumpió la monótona melodía, devolviendo a Helen a la realidad. La puerta acababa de abrirse. Dos jóvenes entraban en el local con paso dubitativo. La piel del primero tenía un ligero color dorado y su cabello rubio y corto lucía completamente despeinado. El otro, por el contrario, tenía la piel blanca como la nieve y recubierta de pecas y su arreglado pelo mezclaba tonalidades castañas y cobrizas. Lo único que tenían en común era el color verde de sus ojos, más vivos los del segundo. Eran nuevos en el bar, y tendrían que haber sido completos desconocidos para todos. El único problema era que para Helen no eran desconocidos. Uno se llamaba Edward y el otro Sam. Y no podía permitir que la viesen allí. Ante la sorprendida mirada de Aymerick, se giró velozmente y abrió la puerta de atrás, ocultándose allí.

-

– ¿Y bien, Matt?
– Recuerda que no puedes mentir...
– Pareces un tomate, tío.
– Dejadlo tranquilo, lo estáis poniendo nervioso.
– Yo... En fin, que más da, somos amigos. De acuerdo, sí que me gusta, lo reconozco –
admitió Matt sin apenas levantar la vista del suelo. Cuando se atrevió a hacerlo, se topó con los enormes ojos de Mery a escasos centímetros de los suyos –. Eh... Mery, ¿qué se supone que haces?
– Comprobar que no eres un clon –
respondió ella, con todo la tranquilidad del mundo.
– ¿Un clon?
– El verdadero Matt nunca habría admitido semejante cosa.
– Pues acabo de hacerlo...
– Por eso se que eres un clon.
– Mery...
– Imposible. Parece auténtico –
– ¿Seguro? Fíjate en los ojos, ahí suele estar la trampa –
informó Adrianna.
– No, son sus ojos. Es el mismo tono de marrón, sin ninguna diferencia apreciable.
– Guau... entonces es él... –
Adrianna guardó silencio unos segundos, y después abrió los ojos como platos –. ¡Eso significa que acabamos de presenciar lo imposible! ¡Matt admitiendo que le gusta la delegada!
– ¡Ya vale! –
exclamó el aludido, completamente colorado – ¿Seguimos jugando o no?
– Bueno... vale. Venga, le toca a Jenny –
indicó Mery.
– Y elijo atrevimiento.
– En ese caso... te toca besar a Mark.
– Vale, ¿cinco segundos, no?
– Diez, por ser tú.
– Vete a la mierda.

-

– ¿Te gustó la película, Sophie? –
preguntó Edna al salir del cine. Era una joven muy alta y delgada, con pocas curvas pero que sabía resaltar. Su rostro ovalado y claro, dominados por dos enormes ojos azules inspiraba tranquilidad y confianza. A Sophie le caía bien, pese a que nunca habían coincidido en la misma clase.
– Sí, no estaba mal. Aunque las de miedo no son mis favoritas...
– Ya me había dado cuenta, apenas pestañeabas y te estuviste mordiendo la lengua todo el rato –
dijo Edna, riendo con suavidad. Sophie también sonrió, lo cierto es que la risa de su rubia compañera resultaba contagiosa.
– Que pena que no haya venido Dake, a lo mejor habría podido tranquilizarte... – Lucy dejó caer sus palabras como quien no quiere la cosa. Sophie era una persona pacífica, pero en ese instante no pudo evitar desear que un meteorito cayese sobre Lucy. La velada había sido divertida, había congeniado de maravilla con Edna y coincidido en numerosas opiniones con Dianne. Había compartido la satisfacción de sus amigas al ver que Jack no recordaba a su hermana en ningún momento. Y la sombría presencia de Dake no la había perturbado. Hasta ahora.
¿Quién es Dake? – inquirió Edna.
– El nuevo de nuestra clase. Se lleva muy bien con Sophie...
– Que morro, en mi clase no tenemos nuevos. A propósito, ¿a alguien de aquí le da clase Mr. Lauper?
– A mi, es muy majo, aunque parece un científico loco –
respondió Jack.

Sophie agradeció la intervención de su nueva amiga con la mirada. Realmente, se sentía aliviada al no tener que dar explicaciones, pero sabía que no podía seguir así. Si quería conseguir hacer más amistades durante este años, tenía que resolver pronto su problema con Dake. Lo malo era que no tenía ni la más remota idea de a quien acudir.

-

– Mm... ¡qué rico! ¡Os quedó genial! – reconoció Peter.
– ¿De verdad?
– De verdad, yo no miento con la comida.
– ¡Choca esas cinco, Lizzy! ¡Primer pastel, primer éxito! –
exclamó Melannie.
– Por supuesto, habiéndolo cocinado nosotras tiene que estar bueno – dijo Lizzy, chocando la mano que su amiga le tendía –. Y ahora, ¡vamos a comérnoslo!
– ¡Sí! ¡Me pido cortarlo!


Melannie llevó el pastel al salón entre saltos y Peter y Elizabeth se quedaron solos unos instantes. Lizzy se maldijo a si misma por no encontrar nada que comentar con él en ese momento. Normalmente, en la películas y libros las parejas esperaban a quedarse aislados para mantener románticas y tiernas conversaciones, pero entre ella y Peter no solía surgir tal complicidad.

¿Crees que deberíamos ir a evitar que estampe el pastel en el sofá? – preguntó Peter, rompiendo el incómodo silencio en el que se habían sumido.
– Eh... sí, claro vamos... – musitó ella, tratando de olvidar las tonterías que asaltaban su cabeza.

-

– ¿A qué ha venido eso? Por un momento pensé que te habías marchado – comentó Aymerick cerrando la puerta.
– Llegó gente que me conocía y con la que no quería hablar. Además, si me hubiese ido te habría avisado.
– No me avisaste de que no ibas a venir en todo el verano.
– No lo consideré necesario.
– Ya... En fin, deben haber sido unas vacaciones muy tranquilas para que no se te viese el pelo.
– Tampoco eso. Pero tuve una vía más cercana para desahogarme.
– ¿Tú? ¿Tú te desahogaste con otra persona? –
Aymerick levantó su ceja derecha, incrédula –. Teniendo en cuenta tu nivel de exigencia, me lo tienes que presentar.
– No creas, no está a tu altura. Pero es bastante bueno.
– ¿Un chico que sabe hacerlo? ¿De dónde lo has sacado?
– Del instituto. Tiene catorce años y sale con mi hermana.
– ¿Con Christine?
– ¿Con cuál si no?
– Me estás diciendo... ¿que te has tirado al novio de tu hermana de trece años?
– Creo que lo he dejado bastante claro.
– Joder, eres incorregible. Pobre criatura, es la única inocente de la familia y ya vas a conseguir que se derrumbe.
– De no haber sido conmigo, la habría engañado con otra. Tiene que aprender que el mundo no es un campo de flores con arco-iris y hadas. Debe descubrir que cuando las personas dicen “te quiero” no siempre es cierto.
– Y, por supuesto, no había otras maneras...
– Las había, pero yo no salía beneficiada. Y ya está. ¿Subimos?


Aymerick puso los ojos en blanco y comenzó a subir las escaleras. Detrás del bar había un largo pasillo con habitaciones, bastante utilizado por los clientes... y por el personal. Sacó una llave del bolsillo de su corto vestido y abrió la primera puerta a la derecha. Era la más grande y confortable, por lo que no solía alquilarla a nadie. Prefería reservarla para sus propias... actividades nocturnas.
Capítulo 5 - Primera Ronda-> unos posts más abajo ^^

Próximamente: Capítulo 6


¡Espero que os guste! ^^
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Última edición por Katiana9 el Vie Mayo 17, 2013 5:45 pm, editado 14 veces

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Re: Monedas de Discordia

Mensaje por Ayoria el Lun Sep 03, 2012 7:46 pm

¿Qué hacen las personas cuando se aburren demasiado? Crear juegos en los que muere gente porque sí... ¡¡¡MOLA!!! con solo la primera frase del prólogo ya me ha enganchado la historia, espero que no tardes en continuar la historia que tiene buena pinta...

Eso sí como lo de los títulos en inglés para una historia hecha por una persona española no me hace mucha gracia, pero bueno... permíteme hacer traducción al puro estilo Antena 3 y llamarla a esta historia "El coste de la vida"...XDD

Lo dicho, espero el primer capítulo con ganas.



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Re: Monedas de Discordia

Mensaje por Katiana9 el Lun Sep 03, 2012 8:42 pm

¡NYA! ¡Me alegro de que te guste! Habría subido hoy el capítulo 1, pero mis padres empezaron con nosequé de vida social y de aire libre ^^"
Lo del título en inglés es porque la historia se desarrolla en Londres, por lo que el nombre del juego tiene que ser en inglés. Y en cuanto a que haya elegido Londres en lugar de cualquier ciudad española, podría intentar buscar algún motivo razonable que me hiciera parecer racional y sensata, pero me da pereza XD. Elegí la capital Británica por 3 motivos: 1-que me encanta, 2-que tiene calles oscuras y 3-que es muy grande XD

Edito: ¡Capítulo 1 subido!


Última edición por Katiana9 el Vie Ene 25, 2013 8:18 pm, editado 3 veces



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Re: Monedas de Discordia

Mensaje por Ayoria el Jue Sep 06, 2012 5:31 pm

Buena introducción de la historia, aunque yo con tanto personaje tan de repente me perdía un poquito...XDD

Me ha gustado, espero ver el siguiente capítulo lo antes posible. cat2:



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Re: Monedas de Discordia

Mensaje por Katiana9 el Sáb Sep 15, 2012 9:49 pm

¡NYA! ¡Mi se alegra de que te guste! Sé que tanto personaje de golpe puede liar un poco... pero espero que poco a poco sea más fácil distinguirlos n_n

Y, por cierto, ¡Capítulo 2 subido! ^^


Última edición por Katiana9 el Vie Ene 25, 2013 8:18 pm, editado 1 vez



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Re: Monedas de Discordia

Mensaje por Ayoria el Dom Sep 16, 2012 2:13 pm

No está nada mal, el primer capítulo te presentan a los personajes y el segundo las reglas del juego...simple y sencillo.

Espero que sigas con el siguiente capítulo lo antes posible, quiero saber cómo se desarrolla el juego y tal... ¡ahora es cuando empieza la aventura!



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Re: Monedas de Discordia

Mensaje por Katiana9 el Dom Sep 23, 2012 1:10 pm

Nyu, empieza la aventura, pero empieza despacio... si no no tendría gracia ^^.
¡Capítulo 3 subido!


Última edición por Katiana9 el Vie Ene 25, 2013 8:19 pm, editado 1 vez



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Re: Monedas de Discordia

Mensaje por Ayoria el Vie Sep 28, 2012 3:16 pm

Mola, mola... cat2:

Dake cada vez me cae peor, Helen no me inspira confianza, y el rollo que se trae Sam con Mery... me suena a eso de "quienes se pelean se desean" aunque creo que solo es por parte de Sam...

¡¡¡Quiero más, quiero más!!!



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Re: Monedas de Discordia

Mensaje por Katiana9 el Lun Oct 22, 2012 6:16 pm

Pues ala... 24 días después ya tienes más XD (esto es culpa de mis deberes, si es que no quieren que escriba). No creo que este capítulo vaya a cambiar mucho tu opinión acerca de los personajes, como mucho puede que ver el lado de hermana mayor protectora de Helen haga que confíes más en ella (?)
En este capítulo en especial me gustaría saber tu opinión (y si alguien más lee esto desde las sombras, también la suya XD), sobre todo en lo que se refiere al uso de adjetivos y a las descripciones; pero también a nivel narrativo, claro.


Última edición por Katiana9 el Vie Ene 25, 2013 8:19 pm, editado 1 vez



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Re: Monedas de Discordia

Mensaje por Ayoria el Lun Oct 22, 2012 9:06 pm

Está muy bien también, solo le veo 2 fallos o problemas a mi parecer:

1 - Los cambios repentinos de escenarios empezados con conversaciones al principio de la historia... me sentí perdido por un instante. Aunque puede que sea cosa mía.

2 - En un párrafo has abusado demasiado de las comparativas, están bien hechas pero son muy seguidas, al menos a mi parecer.

De todos modos no me hagas mucho caso que no tengo mucha idea de escritura, y eres tu la que está haciendo esta interesante historia.

Todo lo demás me ha gustado mucho, a los protas se les ve usar un vocabulario algo más suelto, Sophie por fin empieza a darse cuenta de que tiene que espabilar con respecto a Dake, y a Helen la he cogido más odio aún al ver lo "buena hermana mayor" que está hecha...

Sigue así que quiero saber más. pyong5:



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Re: Monedas de Discordia

Mensaje por Katiana9 el Mar Oct 23, 2012 1:42 pm

Sí, lo de las comparaciones tengo que cambiarlo, mi madre también opina que es excesivo y hasta a mi me resulta cargante. Y lo de los cambios de lugares y personajes también lo tengo que mirar, porque estoy de acuerdo en que resulta confuso. Creo que voy a dejar más espacio entre las distintas partes o un guión entre ambas, ya veré. ¡Gracias por opinar! ^^
Edito: ¡Y nosecuantos meses después, acabé el 5! xD

Capítulo 5 - Primera ronda:
La moto iba al límite permitido, pero Sophie tenía la sensación de estar a punto de chocar en cualquier momento. No le gustaba montar en motos ajenas, y menos como acompañante. Pero en ese momento, a su disgusto se añadía el miedo y nerviosismo ante lo que se avecinaba. Hablando con Lucy, Jack y Dianne, todo parecía simple y seguro; sin embargo, ahora no estaba tan convencida de haber tomado la decisión correcta.

Finalmente, el constante impacto del viento contra su rostro cesó y se detuvieron. Sophie escrutó todo cuanto se encontraba al alcance de su vista en busca de algo con lo que identificar el lugar. No encontró nada. Y eso no hizo sino aumentar su temor, pues conocía su ciudad al dedillo... excepto los barrios poco recomendables, y todo apuntaba a que se hallaba en uno.

– Hemos llegado – dijo su guía –. Ya te puedes bajar. Iré a buscarte a las dos a donde estés, a menos que te suceda algo y pulses el botón del collar, en ese caso acudiré de inmediato.
– Pero... yo... ¿Dónde estamos?
– En Eleanor Rod, Hackney.
– ¡¿Hackney?! ¿Vais a dejarme sola en Hackney a medianoche?
– Niña, no te creas todo lo que te cuentan. Por poner un pie en Hackney nadie va a comerte, además, tienes el collar.
– ¿Y si no me da tiempo? ¿Y si me roban el collar? ¿Y si..? –
la voz de Sophie se quebró solo con imaginar todo lo que podía sucederle.
– Pues corres, que el deporte siempre es bueno – contestó cortante su acompañante. No le gustaba entablar conversaciones con los jugadores, el primer año había aprendido la lección. Se había encariñado demasiado con aquella chica, Sharon. Y el penúltimo día comprendió su error cuando fue a recogerla antes de tiempo por orden de la jefa. La imagen de la chica degollada nunca abandonaría sus pesadillas... ni tampoco la idea de que todo era culpa suya, por guiarla a donde le indicaban día tras día. Se había planteado la posibilidad de dejarlo todo, pero necesitaba el dinero. Y aunque el recuerdo de la inocente sonrisa de Sharon siguiese perturbando sus recuerdos, se limitaba a actuar de taxi, sin hablar más de lo necesario, con la esperanza de que esto hiciese disminuir su culpabilidad.
– Por favor... – susurró Sophie, aferrando la chaqueta de cuero del hombre – Por favor, no me dejes aquí – rogó, mientras unas cristalinas y asustadas lágrimas escapaban de sus ojos.

El hombre dio un respingo. Era la primera vez, desde lo de Sharon, que uno de los concursantes se dirigía a él como persona y no como parte de la organización. Sentía los temblorosos puños de la joven agarrando con debilidad su cazadora, notaba su aliento irregular sobre su nuca. Estaba verdaderamente asustada. Realmente no era más que una chiquilla con miedo a los barrios bajos, un temor normal y abundante en las jóvenes inseguras. Sabía todo lo que podía suponerle desobedecer a su jefa... pero tampoco era para tanto, solo tenían que salir de la zona peligrosa...

– De acuerdo. Sújetate bien.

-

– Aquí es.
– Estamos casi en Hackney... ¿no es un poco irresponsable dejarme aquí? –
preguntó Mery.
– Una de tus compañeras tiene como destino el interior de Hackney, así que no, tu situación no me parece nada por lo que temer.
– Y luego os atrevéis a decir que es seguro... ¿quién?
– La pelirroja, creo.
– ¡¿Sophie?! –
exclamó Mery alarmada.
– Supongo... – contestó su fría interlocutora, arrancando la moto –. Vendré a por ti a las dos.

Mery no prestó atención a sus últimas palabras. La sola idea de que Sophie se encontrase abandonada y sin ninguna protección en un sitio tan poco recomendable puso sus instintos protectores en acción, y pronto salió corriendo en pos de su compañera. No tardó en darse cuenta de que no podía recorrer todo Hackney buscado a una chica pelirroja a las doce de la noche. Pero la racionalidad no era una de sus cualidades, así que se limitó a incrementar el ritmo de su carrera. Primero se limitó a bordear la zona, con la esperanza de verla salir sana y salva, mas luego se decidió a adentrarse un poco. Cada vez iba más rápido, pero no notaba la fatiga, tan solo pensaba en la calle, la esquina, el cruce, el callejón, el rincón, la esqui...

– ¡Ay! – cabreada, Mery alzó la vista dispuesta a mandar a quien hubiese chocado con ella a Saturno, pero realmente se sorprendió al toparse con un ojo verde y otro azul – ¡Jack! ¿Qué haces aquí?
– Buscar a Sophie, a la tía que me llevaba se le ha escapado que la habían dejado por aquí y no me coge el móvil. Aún no he avisado a Dianne ni a Lucy, pero enseguida las llamo. Y también pensaba avisar a Dake. ¿Tú también viniste por eso?
– Sí –
Mery sopesó las palabras de Jack. Dianne y Lucy le caían bien, pero seguía convencida de que había algo en Dake que incomodaba a Sophie. No obstante, cuantos más mejor... –. Date prisa en localizarlos. Mientras, yo iré por este lado. Tu ve por allá.
– De acuerdo. ¿Tienes mi número?
– Eh... creo que sí... espera que mire. ¡Anda, si los tengo todos! Me había olvidado... Bueno, voy llamando a Lucy, encárgate de lo demás. ¡Chau!

-

Helen estaba aburrida. No sabía donde habían dejado a los demás y le daba pereza buscarlos. Comenzó a caminar sin rumbo fijo, dejando que sus pies tomasen alguna extraña ruta. Ya había decidido a quienes manipular y como, sólo le faltaba encontrar la ocasión. Alzó la vista, tratando de ubicar el lugar en el que se encontraba. Y su mirada se detuvo en un espigado muchacho de pelo castaño que deambulada por las calles, perdido. Una sonrisa perversa iluminó brevemente su rostro. ¿Para que buscar las ocasiones si las ocasiones acudían a ella? No se le ocurría un mejor momento para comenzar a trabajarse a Peter. Sin más dilación, tornó su semblante en uno más agradable e inocente y se aproximó tímidamente al joven:
– ¡Hola, Peter! Me alegro de encontrar a alguien, estaba un poco asustada...
– Hola, Helen. Yo me sentía como abandonado, porque quedé con Lizzy y con mi hermana en llamarnos pero las dos me dan comunicando. Supongo que estarán hablando entre ellas.
– Pobre, se han olvidado de ti –
Helen rió suavemente, tratando de crear una atmósfera relajada.
– Sí, suelen hacerlo – reconoció él, ligeramente apenado.
– Pero si Elizabeth y tú sois novios... ¿no se supone que eso no debería pasar? Quiero decir... normalmente las parejas adoran estar juntas y divertirse sin nadie más.
– Ya... normalmente. A Lizzy y a mi nos sucede lo contrario, en cuanto Melannie se va ninguno sabemos que decir. De todas maneras, cuando Melan está pasan de mi, así que...
– Vaya. No quiero meterme en tu vida, pero deberías hablarlo con Elizabeth. Si de verdad os queréis, tenéis que hacer algo al respecto.
– Es que no sé como decírselo... Es muy sentimental, a lo mejor se enfada y todo.
– Que va, si está enamorada de ti no se enfadará. De hecho, a lo mejor a ella también le molesta esta situación.
– Pero es que se me da muy mal explicarme. Y sobre todo delante de ella...
– Deberías intentarlo, al menos. Si quieres, puedo hacer de intermediaria.
– Sería aprovecharme de ti, aún encima que soportas que te cuente mi vida...
– A mi no me molesta. Melan, Elizabeth y tu me caéis bien, estaré encantada de haceros un favor.
– Bueno... lo cierto es que te lo agradecería mucho.
– Será un placer –
Helen hizo un esfuerzo para no estallar en carcajadas. Sabía que la lucidez no caracterizaba precisamente a los Ferras, pero esto era más de lo que esperaba. Ahora sólo tenía que terminar de ganarse a Peter, y tanto él como Elizabeth estarían eliminados. –. Cambiando de tema, ¿qué tal el comienzo de curso?

-

Sophie vagaba por las calles temblorosa. El motero había accedido a sacarla de Hackney, pero seguía teniendo miedo. Sabía que era muy débil y que cualquiera podía con ella, y eso acrecentaba su temor. Mientras caminaba por la oscura y apagada ciudad, los recuerdos que siempre trataba de olvidar comenzaron a tomar fuerza en su interior. Intentó apartarlos de nuevo, pero hasta sus propios miedos eran más fuertes que ella.
Poco a poco, la imagen del parque de enfrente de su casa nueve años atrás invadió su mente. Un gato maullaba. Un grupo de niños reía, mientras agredían con palos y piedras al pequeño felino. Sophie temía a los niños, pero los ojos del minino se encontraron con los suyos y pudo ver su mirada inocente. Sin pensarlo dos veces, corrió todo lo que pudo y abrazó al gatito, protegiéndolo. Durante unos segundos no pasó nada. Luego, una mano agarró los rizos de Sophie y tiró de ello hacia atrás, obligándola a girarse con un grito. Se encontró a escasos centímetros de su agresor, cuyo rostro se había difuminado con el paso de los años. Sin embargo, aún recordaba con nitidez el agudo dolor que le provocó la bofetada que le dio. La hizo caer al suelo y todos rieron. El niño volvió a agarrarle el pelo y la puso en pie tirando de él. Le sonrió y la devolvió al suelo de una patada. Las lágrimas brotaron de los ojos de Sophie sin control. Y volvieron a hacerlo ahora, mientras caminaba... no, mientra corría por las calles desiertas.
Cuantas veces había maldecido al miedo, ese sentimiento que había encontrado en ella un lugar para quedarse. Pero maldecirlo no servía, seguía ahí y se alimentaba de sus inseguridades y temores. Aceleró aún más su carrera, tratando de dejar todo aquello atrás, intentando olvidar los amargos acontecimientos de su infancia. Mas no podía, cada vez los veía con más claridad. Recordaba como trató de escapar, intento que otro de los niños frustró aferrando su tobillo y arrastrándola de nuevo hacia atrás. El que la había abofeteado se agachó, le arrebató al gatito y, sosteniéndolo por encima de su cabeza, le preguntó si de verdad quería protegerlo. Entre sollozos, Sophie le contestó que sí, que se lo devolviese. El niño rió, agarró al animal por el cuello y apretó con fuerza. Sophie gritó, pero no era capaz de levantarse. El felino maullaba de manera desgarradora, arañando el corazón de la pequeña. Hasta que se calló. Y Sophie volvió a gritar, sabiendo que había fallado en su pobre intento de defender al minino.
Ahogó un grito al chocar contra alguien. Por un momento, estuvo segura de que al levantar la vista iba a encontrarse con aquellos niños. Y chilló, tratando de dar media vuelta y de escapar de todo, pero no fue capaz. Alguien agarraba con fuerza su cintura, presionándola contra su pecho e impidiéndole moverse. Eran ellos, tenían que serlo. Habían vuelto a rematarla, a finalizar su pobre existencia. Y cuando iba a darse por vencida en su inútil forcejeo, se dio cuenta de algo. Su captor la estaba llamando por su nombre. Había preocupación en su voz. Lentamente, Sophie levantó la vista buscando sus ojos. Y comprobó que uno era verde y el otro azul.
– ¡Jack!
– Sí, Sophie, soy yo. ¿Te encuentras bien? ¿Te han hecho algo? –
inquirió el muchacho, visiblemente preocupado. Sin contestarle, Sophie hundió su rostro en su pecho y rompió a llorar, dejando salir todo lo que la agobiaba. Había olvidado lo más importante. Había olvidado que ahora tenía a Jack, a Dianne, a Lucy y a Edna. Ellos no la dejarían sóla, no permitirían que volviese a pasar por todo aquello de nuevo.
– Lo... lo siento si... si os he preocupado – murmuró –. De verdad que no era mi intención...
– Shh –
Jack posó su dedo índice sobre sus labios –. Esto no es culpa tuya, así que no te disculpes. Los canallas que organizan el juego son los que deberían explicarse. Se supone que se hacían responsables, ¿y van y te dejan aquí?
– El... el motero me sacó de Hackney. Fue... muy amable conmigo... él no tenía la culpa.
– Claro que no. Voy a avisar a los demás, estarán preocupados por ti –
sacó su móvil y envió un rápido mensaje a todos, informando de que había localizado a Sophie.
– ¿Los demás? ¿Quienes me estáis buscando?
– Lucy, Dianne, Dake, Mery y yo.


Dake... así que el también estaba preocupado por ella. Obviamente, lo cierto era que él la trataba bien siempre. Pero ella seguía asustada de él, sin saber el motivo. Debía encontrar la manera de solucionar eso pronto, pues Dake no se merecía sus reparos, especialmente teniendo en cuenta que...

– ¡Sophie! – Mery salió de la nada y se abalanzó sobre la pelirroja. Pese a estar a piques de caerse por su culpa, Sophie se sintió más tranquila al tenerla a su lado. Claro que Mery la estaba buscando, solo faltaría. A fin de cuentas, el recuerdo de como se habían conocido era lo único bueno que guardaba de aquel día.
Recordaba como el niño se agachó a su lado y le preguntó si, ahora que el gato estaba muerto, no le importaba que jugasen con ella. Antes de que la pequeña pudiese contestar, otro de los críos la dio una patada en la espalda, increpándole el haberse atrevido a intervenir. Ella gritó con fuerza, pero al recibir un puñetazo como contestación se hizo un ovillo y asumió que no iban a dejarla. Notó como uno de ellos alzaba el brazo para golpearla de nuevo, y se resignó a esperar... hasta que oyó el sonido del impacto de la mano del niño contra algo, pero no contra ella. Abrió un poco los ojos, y vio a una niña de su edad con dos enormes coletas castañas parada entre ella y los niños. Antes de que éstos reaccionasen, la recién llegada atizó un puñetazo a cada uno y tiró de Sophie, llevándosela lejos de allí. Cuando los niños quedaron fuera del alcance de su vista, la niña se giró hacia ella y, con una gran sonrisa, se presentó como Mery Lucas, le dijo que la conocía del colegio y le hizo prometer que, si volvían a tocarle un pelo, la avisaría.
Desde aquel momento, Mery se había preocupado por la pelirroja más que nadie, llegando incluso a colarse en su casa para averiguar si estaba bien cuando faltaba a clase. Y, en el fondo, eso era lo que ella necesitaba.

– Hola, Mery – saludó, recuperando el equilibrio.
– ¡Por todos los ositos de gominola del mundo, Sophie! ¡No sabes lo preocupada que estaba por ti! ¿Por qué no cogías el móvil?
– ¿El... el móvil? No me ha sonado –
Sophie rebuscó en la mochila hasta dar con su teléfono. Lo abrió para comprobar las llamadas perdidas, pero no se activó – Está apagado... ¡Pero yo lo había encendido!
– Es verdad, recuerdo que estaba encendido cuando Dake te guardó su número. Pero... ¿comprobaste la batería? –
recordó Jack.
– Oh... eso se me despistó – reconoció Sophie.
– Mejor la próxima vez asegúralo todo, no vayamos a darnos otro susto – Jack sonrió y empujó levemente a Sophie para llevarla con los demás. Mery se les unió con su habitual alegría, tratando de espantar el miedo del interior de Sophie.

Capítulo 6 - Trabajos por Parejas:

Los pies de Sophie aterrizaron con ligereza sobre el tapiz, en perfecta sincronía con la música. Por unos segundos, el silencio llenó la sala. Lentamente, la joven alzó la vista y miró a su profesora. Esta sonreía, llena de felicidad.

– Magnífico. Definitivamente, sois el mejor dúo que he tenido en mucho tiempo. Lamento no haberos unido antes, trabajáis de maravilla juntas.

Los ojos de Sophie se iluminaron al recibir el halago. Feliz, se giró hacia Dianne, la cual mostraba una amplia sonrisa. Le gustaba bailar con ella, se ponían de acuerdo en seguida. Hasta el momento, ambas habían participado solo en bailes en grupo, pero aquel verano, Mrs. Warnes había decidido que estaban listas para bailar en solitario, y al verlas a ambas en acción, había optado por probarlas también como dúo. Y el resultado la había satisfecho bastante, al parecer.

– Entonces, ¿tenemos que quedar algún día extra antes de la exhibición? – preguntó Dianne, mientras rehacía el moño en el que había recogido su espesa cabellera castaña.
– No, con el viernes de la semana que viene será más que suficiente. No creo que os haga demasiada falta practicar, pero ensayar el día anterior a la exhibición es bastante recomendable.
– Vale, pues el viernes nos vemos, Mrs Warnes. Sophie, ¿vamos a cambiarnos?
– Sí, espera que coja mi chaqueta.

-

– Y... ¿cuál es tu grupo de música favorito?

Helen resopló. Lo peor de Adrianna Collins era, probablemente, su inquebrantable optimismo. En la media hora que llevaban juntas, no había cesado de interrogarla con todas las preguntas imaginables. Una persona normal habría abandonado tras recibir únicamente “Sí”, “No” y “Depende” como respuestas, pero por algún motivo Adrianna no se daba por vencida y continuaba felizmente con sus cuestiones.

– No tengo.
– Pues, ¿cuáles son los que más te gustan?
– Ninguno. Yo me fijo en las canciones, nunca me preocupo por sus autores.
– Ah... interesante... Yo sí, siempre que oigo algo que me gusta me pongo como loca hasta que sé de quién es. Gracias al trabajo de mis padres y a Jenny, escucho mucha música, de muchos lugares distintos –
Adrianna hizo una pausa, esperando que Helen añadiese algún comentario, pero en vista del silencio de esta retomó su discurso –. Escucho a músicos ingleses, americanos, franceses, españoles, latinos, italianos, alemanes, griegos, polacos, rusos, escandinavos, chinos, japoneses, coreanos, africanos y australianos. Bueno, con australianos digo de Oceanía en general, porque también escucho a algunos neozelandeses y a músicos tradicionales de distintas islas. Me gusta la música tradicional, especialmente la africana, pero nunca entiendo lo que dicen. Porque claro, hablo con soltura inglés, alemán, español, francés, ruso y japonés; y me defiendo con el chino, el coreano, el polaco y el holandés; pero los idiomas antiguos de las distintas tribus no los conozco, ya que aunque me gustaría, no sé donde aprenderlos. Deberían existir organizaciones que diesen a conocer la cultura y el idioma de los distintos pueblos, estaría genial. Vamos, al menos yo me apuntaría. Y seguro que a mis padres les gustaría, porque...

En momentos así, Helen lamentaba no contar con un bozal. Comenzaba a sospechar que no existía manera alguna de hacer callar a Adrianna, y la estaba rallando bastante. Los trabajos por parejas siempre le habían parecido más propios de la primaria que del bachillerato, pero los profesores que aún encima decidían que sus alumnos no tenían capacidad de elegir y optaban por formar ellos las parejas le resultaban sumamente odiosos. Y, por supuesto, Mrs. Lyndon era una de esas profesoras. Helen la había detestado siempre, pues por algún motivo la mujer siempre la había tratado con mayor frialdad que a sus compañeros. De hecho, había notado tristeza en su mirada cuando anunció a Adrianna que debía hacer el trabajo con ella.

– … y Jenny siempre se interesó mucho por el tema, por eso mis padres suelen traerle una lista de los aristas más conocidos de cada lugar al que van, lo cual ella...
– ¿No crees que deberíamos empezar ya el trabajo? – interrumpió Helen, tratando de acabar con la perorata de la joven.
– Ah, pues sí. Era sobre algún escritor importante, ¿no? Pues creo que deberíamos hacerlo de algún autor extranjero, porque así será más original. Podríamos coger a Alexander Dumas, el francés que escribió “Les trois mousquetaires”; o a Dante, italiano y autor de “La Divina Commedia”; o al español Miguel de Cervantes, autor de “El Quijote”... Es muy curioso, ¿sabías que Cervantes y Shakespeare murieron en la misma fecha, pero no en el mismo día? Resulta que los dos murieron oficialmente el 23 de abril, pero es que por aquel entonces en Inglaterra usábamos otro calendario, por lo que en el actual, Shakespeare habría muerto el 3 de mayo. Pero sigue siendo algo muy guay, porque al ser ambos los mejores escritores de su país, parece como una cosa mágica o algo. Bueno, a lo mejor no son los mejores para todo el mundo, pero son buenísimos los dos. Yo de Shakespeare me leí “Hamlet”, “Romeo and Juliet” y algunos sonetos, y de Cervantes sólo “El Quijote”, pero los dos me parecen grandes. Y claro, yo no leo tampoco muchas obras clásicas, porque aunque suelen ser buenas también son complicadas. Especialmente si están en otro idioma, entonces ya si que es muy difícil. Me acuerdo de que cuando intenté leer “Le Compte de Montecristo”, también de Dumas, en versión original no fui capaz, tuve que recurrir a la traducción. Y eso me apenó, porque el traductor puede ser bueno, pero nunca tendrá el arte del escritor original. Por eso para leer “El Quijote” esperé a los 14 años, ahí ya dominaba de maravilla el español y pude leerlo en versión original (con la ayuda de un diccionario, porque aparecen más palabras distintas que en todos los libros actuales). Y aunque me costó me encantó, porque es muy gracioso y tiene...
– Entonces, ¿lo hacemos de Cervantes?
– Vale, me parece bien. Tuvo una vida muy interesante, ¿sabías que no estudió para nada tantos años como otros eruditos, y que sin embargo tuvo siempre un gran conocimiento de la lengua? Y estuvo varias veces en la cárcel, pobre hombre. Era un crítico literario muy duro, ponía verde a muchísimas obras y autores. Y tenía cierta rivalidad con Lope de Vega, otro escritor español al que acusaba de desperdiciar su talento escribiendo lo que la gente quería leer. Era un personaje peculiar, se dice que cuando era ya mayor apareció muerto delante de su casa el pretendiente de una de sus hijas, al que él...


Helen cerró los ojos y se masajeó la cabeza. Iba a ser una tarde muy larga.

-

Al oír el tercer timbrazo, Edward resopló y se levantó de la cama. Sin prisa, bajó las escaleras hasta llegar al recibidor y entornó la puerta. Sorprendido, se encontró cara a cara con una cabreada Jenny Doyle.

– Hey, Jenny, puedo entender que sientas adoración por mi y me desees con locura, pero venir a mi casa así sin avisar es un poco maleducado, ¿no crees?
– Déjate de gilipolleces, ¿crees que el trabajo de Literatura va a hacerse sólo? Quiero tener el finde libre, así que más te vale currar para que podamos hacerlo casi todo hoy.
– ¿Y si acepto tendremos sexo salvaje y alocado?
– No, si aceptas evitarás que te castre.
– A veces me das miedo.
– Suelo causar ese efecto en los demás. Venga, no más charla, que son ya las seis.
– Sí, generala.


Edward guió a Jenny hasta su habitación y procedió a encender el ordenador. Por un lado, era un fastidio quedarse sin su tarde libre de viernes, pero hacer el trabajo con Jenny tenía la ventaja de que ella lo organizaba todo a la perfección.

– Bueno, ¿sobre quién lo hacemos? –
preguntó ella tras sacar de su bandolera un archivador repleto de papeles.
– Tú sabrás, yo de libros me quedé en los de dibujitos de primaria.
– Edward, que el curso pasado sacaste un nueve en Literatura.
– ¿Y?
– Pues que estudiamos un montón de autores, así que de alguno te acordarás.
– Sí, pero para acordarme tengo que pensar.
– ¿Esperabas hacer el trabajo sin pensar?
– Tú piensas muy bien, podrías ocuparte tú de esa parte. Yo me pido decorarlo luego.
– Y una porra
– dijo Jenny, lanzándole el archivador –. Si tengo que elegir yo, lo haremos de Haruki Mudakami.
– ¿Eh?
– Es un escritor actual japonés. A mi me encanta, sus libros son geniales. Me encantó “Nejimaki-dori kuronikuru”, y “Supūtoniku no koibito” también es de mis libros favoritos. Le han dado varios premios, y yo le daría incluso más.
– Por favor... dime que no lo has leído en japonés.
– Pues claro, traducido no sería tan magnífico. Al principio me costaba bastante, pero fui cogiendo soltura y ahora siempre leo los mangas y libros en original.
– Estás mal de la chaveta, en serio. En fin, ¿qué tengo que buscar sobre el pikachu ése?

-

– ¡Listo! Ya he acabado mi parte.
– Genial, pues entonces ya hemos hecho la mitad. Creo que nos merecemos un descanso –
Dianne sacó un par de chocolatinas del armario y le ofreció una a Mery, quien la aceptó encantada.
– Pues en ese caso, vamos a planear una apocalipsis zombie en la que nosotras nos quedemos con todas las chuches del mundo.
– Eh... ¿Mery?
– Na, era broma, mujer. Pero sí que me apetece hablar contigo. ¿Qué piensas del juego?
– Pues no sé... por un lado no creo que tenga nada malo. Es divertido y no parece peligroso... pero claro, pueden pasar cosas como lo de Sophie. Lo pasé fatal cuando Jack me dijo donde estaba, menos mal que no pasó nada. Y por otro lado, hay algo que me ronda por la cabeza: ¿quién organiza esto y por qué? Conlleva un alto gasto de dinero, y no produce ningún beneficio a nadie.
– Eso es lo mismo que pienso yo. Es muy raro que nos inviten a un juego así, sin cobrarnos nada, y que aún encima entreguen diez mil libras al ganador. Y también hay otra cosa: ¿recuerdas que el primer día dijeron que se ocuparían de que no nos matasen a deberes? Pues ya llevamos tres semanas de clase y no nos han puesto deberes de nada para ningún jueves (exceptuando este trabajo de literatura que parece de 1º de la Eso), y el único examen que han fijado es el de Inglés para un miércoles, justamente. Me parece bastante raro.
– Y yo que pensaba que era la única loca paranoica que se preocupaba de eso. ¿Crees que deberíamos avisar a los demás?
– Desde luego. Mañana por la mañana tenemos ensayo de la banda, podemos quedar todos después y hablarlo.
– ¿Todos?
– Tú, yo, Sophie, Jack, Lucy, Matt y Edward. Tampoco vamos a secuestrar a Lair o a Clayton sólo para contarles teorías.
– Estoy de acuerdo, pero... por qué excluyes a Dake y a Sam?
– A Sam porque es el ser más irritante del universo. Y a Dake... –
Mery sopesó la posibilidad de contar a Dianne sus sospechas acerca de la relación entre Sophie y Dake, pero decidió guardar silencio – no había pensado en él, deberíamos invitarlo también. ¿Dónde quedamos?
– No sé... aunque seguro que Jack nos invita a su casa. Cabemos todos y veinte más, es enorme.
– ¡Qué guay! Pues quedamos allí, si no nos deja entrar echamos la puerta abajo.
– ¿Mery? A veces me das miedo...
– Pero si era broma, mujer. ¿Cómo vamos a echar la puerta abajo pudiendo forzar la cerradura?
– ¡¿Mery?!

-

– Genial, ya hemos acabado casi todo. Creo que por hoy es suficiente así.
– ¿Ahora es cuando tenemos sexo salvaje?
– El día que te diga que sí, no vas a saber que hacer.
– Pues si me bloqueo, dejo que tomes la iniciativa tú.
– Vaya, veo que lo tienes todo planificado.
– Por supuesto, soy una persona muy organizada.


Jenny rió y, tras guardarlo en su pen-drive, cerró el documento del trabajo y apagó el ordenador. Recogió sus apuntes dentro del archivador y se dejó caer sobre la cama de Edward.

– ¿Qué hora es?
– Pues... Caray, ya son las siete y diez
– ¡¿Ya?! Dios, pues yo quedé con mi madre en que estaría allí a las siete y media para cuidar me de mi hermana.
– Luego el desastre soy yo... Anda, ponte el abrigo, que te llevo.
– ¿En serio?
– No, es que está de moda hacer creer a la gente que los vas a acercar a su casa en moto.
– Que majo, te debo una.
– Cierto. Quiero magdalenas de las tuyas.
– Vale, pues mañana te llevo.
– ¿Mañana? ¿Que pasa mañana, vendrás para acosarme o algo?
– No, gilipollas, mañana hay ensayo.
– Joder, es verdad. ¿A las diez en casa de Adri, no?
– Exactamente. Venga, dame un casco y vamos, que tengo prisa.
– ¿Aún encima que te hago el favor de llevarte me metes prisa?
– Sí. Vamos, corre o te robo la moto.

-

El móvil de Helen comenzó a sonar. Se levantó y, sin disculparse, salió de la habitación para que Adrianna no escuchase su conversación.

– ¿Quién es?
– Helen, soy Angela. He tenido un contratiempo y no podré volver a casa hasta las ocho y media pasadas.
– ¿Y por qué me lo cuentas?
– Porque no puedo llevar a Christine, la prisión cierra a las ocho.
– ¿Y?
– Margaret también está trabajando. Sólo tú puedes acercarla.
– No.
– No jodas, Helen. Christine va todas las semanas, para ella es una rutina y muy importante.
– He dicho que no.
– No tienes por qué hablar con él. Sólo vigilas que no le haga nada a Christine y ya. A mi nunca me ha dado problemas, con ella está bien y de mi pasa.
– Que no.
– Pues te vas olvidando de salir el jueves que viene.
– ¿El jueves?
– Sí, el jueves. O llevas a Christine o te olvidas.
– Zorra.
– Me gustan más los linces. Date prisa o no llegarás a tiempo.


Angela colgó. Helen maldijo a su hermana mentalmente y volvió con Adrianna.

– Me voy.
– ¿Ya? Pero si no hemos acabado el trabajo...
– Lo acabaremos en otro momento, tengo cosas que hacer.
– ¿Muy urgentes?
– Tengo que llevar a mi hermana pequeña a un sitio antes de que cierre.
– ¿Y no la pueden llevar tus padres?
– Lo dudo mucho.
– ¿Por?
– Mi madre está muerta y mi padre en la cárcel.
– Oh... lo... lo siento...

Adrianna se calló finalmente. Helen recogió sus cosas con rapidez y se marchó tras soltar un escueto “Adiós”.
-

– ¿Mr. Clayton? Vengan por aquí.

Christine se apresuró en seguir al hombre, y Helen la siguió con más lentitud. Llevaba más de cuatro años sin ver a su padre, y no le habría importado seguir posponiendo el encuentro.

– Es aquí –
indicó el hombre, abriendo una puerta. Christine la atravesó tranquilamente, pero Helen se mantuvo en la puerta vacilante.
– Hola, papá – saludó Chris alegremente.
– ¡Hola, Christy! ¿Qué tal todo, cariño? – respondió aquella voz que Helen habría reconocido en cualquier sitio.
– Muy bien. ¿Recuerdas el control que te comenté que me había salido muy bien? Pues he sacado un 9,75.
– Esa es mi niña, estoy muy orgulloso. Y ese chico del que me habías hablado, Nathan, ¿sigues saliendo con él?
– Sí, ya llevamos cuatro meses. Es muy buen chico, te caería bien.
– Me gustaría poder conocerlo algún día. ¿Y qué tal tus hermanas?
– También bien.
– Me alegro... pero ¿dónde está Angela?
– Hoy... hoy no ha podido venir.
– ¿Y tú cómo has venido? ¿Te han hecho venir sola?

Helen notó como su corazón se aceleraba. Nerviosa, alisó varias veces su floja camiseta azul eléctrico con pequeñas mariposas plateadas. Pensó en quitarse la cazadora de cuero negra que llevaba por encima, pero finalmente se decantó por dejársela puesta, ya que como la camiseta era de manga corta temía enfriarse. Aunque dentro del recinto no había una temperatura demasiado baja, ya que pese a que sus piernas sólo estaban cubiertas por sus shorts negros, sus calentadores grises y sus convers azules, no sentía frío alguno. De hecho, la idea de tener que cruzar esa puerta inminentemente provocaba en ella cierto acaloramiento.

– No... es que...

Helen inspiró profundamente y entró en la habitación. Christine se calló inmediatamente, sin tener muy claro si debía decir algo. Pronto decidió mantenerse en silencio, cosa que Helen agradeció. Sus ojos grises se clavaron con firmeza en los de su padre. Este se sorprendió enormemente al verla entrar, lo cual se reflejó en su ajado rostro. Helen pronto comprobó que los años en prisión habían hecho mella en él. Su cabello, antes castaño y vivo como el de Christine, ahora lucía viejo y apagado, bastante salpicado de canas. Bajo sus hundidos ojos oscuros llamaban la atención unas enormes ojeras, que, junto con las numerosas arrugas; le conferían un aspecto más cansado. Pero Helen notó como, tras la sorpresa inicial, aquella mirada de superioridad que tantos años la había torturado volvía a aflorar lentamente.

– Helen – susurró, más para convencerse a si mismo que para saludar a la joven –. Cuanto tiempo, cariño.
– Cuatro años y varios meses, no me habría importado que fuese más tiempo – contestó ella con frialdad –. Y como vuelvas a llamarme así, lo lamentarás.

La máscara de amabilidad que había cubierto el rostro de su padre mientras hablaba con Christne comenzó a requebrajarse. Sin apartar su mirada de Helen, volvió a emplear aquel tono de voz cálido y falso para dirigirse a Christine:

– Christy, cariño, ¿podrías dejarnos solos? Helen y yo tenemos mucho de que hablar.
– Yo... – Christine dudó – ¿Helen? – inquirió, tratando de buscar la aprobación de su hermana. Esta se mantuvo en silencio, pues mientras que una parte de ella quería gritar “¡No, no te vayas! ¡No me dejes sola con él, por favor!”, su orgullo le impedía recurrir a la ayuda de Christine.
La pequeña interpretó su silencio como una señal de que estaba de acuerdo con su padre y salió de la sala, entornando casi al completo la puerta. En cuanto abandonó la sala, Ryan Clayton abandonó por completo su fachada amable y sonrió maliciosamente.

– Veo que para poco te sirvieron mis lecciones. Sigues vistiéndote como la puta que eres.

Helen apretó los puños, decidida a no reaccionar a la provocación. En vista de ello, su padre continuó hablando.

– Pero lo comprendo. Me parece normal que teniendo el cuerpo que tienes lo aproveches. Angela me ha dicho que tienes una media de 9,8. ¿Se debe sólo a tu inteligencia o tú y tus curvas habéis sido generosas con algún profesor?

“Sólo quiere cabrearme” se recordó Helen. “Y no voy a darle la satisfacción de conseguirlo”.

– ¿Te ha comido la lengua el gato? ¿O ha sido algún maromo? – Ryan calló unos segundos, pero al comprobar que su hija seguía en silencio, retomó sus pullas – Lo cierto es que nunca has sido muy habladora. Pero supongo que es cosa de familia, tu madre tampoco me hablaba mucho en sus últimos años. ¿Sabes?, a veces me acuerdo de ella. De joven era guapa... pero con los años perdió facultades. Sin embargo, tú heredaste lo mejor de ella. Eres como una versión mejorada, la única pega es que también tienes más carácter. Ella se callaba, se acurrucaba en un rincón o se encerraba en su habitación; pero nunca me plantó cara como tú. Ahora pienso que tal vez me lo merecía, por ser un mal padre. No te dejé claro que allí yo era la máxima autoridad y te creíste con poder suficiente como para rebelarte. Y mira como me dejaste, completamente inválido. Debería odiarte por ello, ¿no crees? Pero me resulta imposible enfadarme contigo. Eres mi hija, y la mejor de todas ellas. Margaret es como tu madre, una persona débil y asustadiza. Angela es demasiado generosa con todo el mundo, y comparada contigo resulta poco atractiva. Y Christine, sencillamente, es estúpida. Pero tú... tú eres mucho mejor que todas ellas. Sin embargo, sí que me he llegado a enfadar contigo. Cuando llegabas tarde a casa y te negabas a decirme donde habías estado, entonces sí que me cabreaba. Y tenía que recordarte mi autoridad sobre ti, tenía que hacerte entender que no podías enseñar tu cuerpo a cualquiera porque era mío. Me obligabas, Helen, me obligabas a recordarte que eras mía y sólo mía.
– Cállate... –
susurró Helen con un hilo de voz, mientras miles de dolorosos recuerdos que creía olvidados invadían su mente.
– Te he echado de menos... Desde que me encerraron aquí, no he tenido contacto con ninguna mujer, pero a la única a la que he echado en falta ha sido a ti. Eres tan hermosa, Helen...
– ¡Cállate! –
gritó finalmente Helen, mientras sentía como algo se rompía en su interior y sus ojos se humedecían. En cuestión de segundos, un guardia de la prisión entró a comprobar cual había sido el motivo del grito. Christine también pasó a la sala y, al ver el estado en el que se encontraba su hermana, trató de abrazarla, pero esta la apartó con brusquedad – ¡¿Crees acaso que puedes asustarme?! No soy ni seré nunca tuya, ni siquiera me considero tu hija. Te aguanté mucho tiempo, Ray, pero ya se acabó todo. No volverás a ponerme un dedo encima, ni conseguirás que vuelva a tener miedo. Nunca más. Christine, nos vamos – sin dar tiempo a su hermana de despedirse, Helen la agarró por un brazo y tiró de ella con fuerza hasta el exterior.
– Helen, yo... – susurró la pequeña, sintiéndose culpable de la situación.
– Sube a la moto, Christine – ordenó Helen interrumpiéndola.
– Pero... – balbució Christine.
– He dicho que subas a la jodida moto, si me haces repetirlo te dejo aquí – Christine hizo un ademán de volver a hablar, pero al mirar a los ojos a su hermana comprendió que aquel arrebato de autoridad tan sólo era una manera de evitar derrumbarse ahí mismo, por lo que subió a la moto y se mantuvo en silencio todo el trayecto, y tampoco dijo nada cuando, tras dejarla en casa, Helen se marchó sin más.
Edito: Voy a seguir poniendo aquí los capítulos para que estén más juntos n.n


Última edición por Katiana9 el Dom Mayo 19, 2013 10:20 pm, editado 2 veces



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Re: Monedas de Discordia

Mensaje por Ayoria el Jue Ene 31, 2013 3:36 pm

Este capítulo está muy bien, me gusta mucho cuando se da a conocer el pasado de los personajes y el porqué de sus traumas... son historias duras pero por alguna extraña razón me gustan mucho... supongo que es porque así conozco más a los personajes.

Helen como siempre haciendo de las suyas, ¡¡¡¿es que es incapaz de dejar de pensar en cómo hacer el mal?!!!... dios que tía, no hay manera de hacer que me caiga bien.

Me parece a mí que ya me sé por donde van los tiros y el por qué Sophie no se fía de Dake, pero esperaré a ver cómo sigue antes de hacer conjeturas... de todos modos lo que me gusta es que me impresionen, así que intento evitar el sacar conclusiones.

Está muy bien, sigue así que ya estoy esperando el siguiente capítulo cat2:



ACUÉRDATE DE SER AMABLE CON LOS QUE TE RODEAN Y ALEGRARLES EL DÍA A DÍA
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Re: Monedas de Discordia

Mensaje por Katiana9 el Dom Mayo 19, 2013 10:23 pm

Bueno, definitivamente, soy lenta escribiendo xD
Ya está el capítulo 6, lo cuelgo en el post anterior para que queden juntos los capítulos n.n
Ah, y a partir de ahora la historia (que le he cambiado el nombre, por cierto :3) está también en mi blog. Lo dejo aquí, pero por si va contra alguna norma o algo y Dios dice que lo quite, lo pongo también en mi perfil ^^. Y he hecho ligeras modificaciones en los capítulos, no alteran la trama pero para mi gusto mejoran la historia y son más coherentes con lo que sucederá en un futuro.
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Re: Monedas de Discordia

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